COMPOSTURA Y ELEGANCIA


Puede resultar extraño un titulo así en un blog dedicado a temas de educación; pero veamos a dónde él nos conduce.

En el Colegio de Señoritas en el que realicé los estudios secundarios, era por entonces directora la Sra. Isabel Ávila de Saavedra.

Recuerdo bien que nos dirigía la palabra en la formación y nosotras la ovacionábamos como se ovaciona a un artista de cine. La admirábamos, la queríamos y cuando hubo de dejar su cargo, arrancó más de una lágrima de dolor en las, por entonces, jovencitas.

Han pasado los años y me pregunto: ¿qué había en esa Señora respetable que no nos dio una lección de clase, pues era la Directora, pero que suscitaba en nosotras, adolescentes, tal admiración?

Pienso que era el modo como se presentaba. Teníamos delante una dama, una persona realizada, pues había encontrado en la Docencia su vocación, y esa realización se dejaba ver hasta en su modo de vestir, pues era muy elegante.

Teresa de Jesús solía decir a sus monjas: monjas mal arregladas, son como mujeres mal casadas, y cuánta sabiduría femenina y humana había en estas palabras. En ellas estaba implícita esta idea: aunque pobres y con la monotonía de vestir siempre el mismo traje, aun así bien arregladas.

Y es que la felicidad es algo que se irradia en los ojos, en el caminar, en las palabras, y… en el vestir. Pero no es solo un tema de felicidad, es un tema de dignidad.

La elegancia embellece a la persona y la hace hermosa ante sí y ante los demás independientemente de si tenga o no belleza física, aunque esta última es de hecho un punto a favor; pero aún así la elegancia es un imperativo universal.

Mas la elegancia no va sola, le acompaña siempre la compostura: esa ausencia de fealdad en la figura y conducta personales; lo que antiguamente se designaba con el término: modestia.

Ahora mientras la compostura busca sobre todo no “desentonar”, la elegancia busca “la atractividad”. “la distinción”, presentarnos como algo elevado, sobresaliente, señorial si se quiere; pero ¿sobresalir de qué? De lo vulgar, de lo grotesco, de lo que hiera la vista de los demás. Es también una cuestión de respeto a los demás, es una delicadeza de nuestra parte el siempre ofrecer a quien nos mira algo grato que observar.

La elegancia, muy emparentada con la belleza, requiere integridad para que no sea simplemente una fachada. Es decir, la belleza exterior debe ir a la par con el cultivo de la belleza interior.

Quien ama su dignidad cuida su elegancia. Así el cuidado de la propia apariencia añade a la persona la pizca de belleza que le hace amable y atractiva. Es una preparación para el encuentro con los otros, una búsqueda de la nobleza humana del convivir, la creación de un ámbito que está mas allá de la pura utilidad (no se trata de ser un muñeco que se luzca): la presentación alegre y festiva de la persona (Yepes Stork).

La elegancia y la compostura despierta en los demás el entusiasmo, la admiración. Justamente eso que aquella Dama educadora suscitaba y hasta ahora suscita en quienes la recordamos, y esa su elegancia, que la hacía admirable, era la puerta por la cual fácilmente entraba en nosotras sin necesidad de muchas palabras, con su sola presencia.

Hoy se habla de capacitar, innovar, estar al día, se proponen mil y un métodos para hacer la tarea educativa más eficiente. En este artículo yo señalo uno, el más olvidado: la elegancia, la presentación personal, la compostura.

Despertemos en el alumno respeto hacia el maestro y tendremos sus corazones abiertos para conducirlos hacia el saber; en el fondo, ellos quieren ser conducidos, pero la juventud no se deja engañar, es exigente, no cualquiera la conduce, se deja guiar solo por quien admira y una forma –y recalco una forma- es cuidar nuestra apariencia pensando en la valiosa audiencia que tendremos delante: jóvenes que serán en gran parte lo que la escuela haga de ellos, lo que nosotros maestros hagamos de ellos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Exactamente, toda persona por la dignidad de ser persona, debe mostrarse como tal.
Cuánto más si es educador, qué respeto inspira el que se muestre dignamente aunque tenga un curso (por decir insignificante);que otro quien, aunque con tanto conocimiento y erudición, no le vale para respetarse a si mismo y menos para hacerse respetar.