EDUCAR, DIVINO TESORO (II)


Para dejar en claro, el significado de la educación como una tarea delicadísima, porque quien la realiza tiene entre manos el crecimiento de la persona, continuamos el articulo anterior, centrando esta vez nuestra atención en qué significa FORMAR PERSONAS..

Una de las características de la persona es su indivisibilidad, pero para tratar gráficamente este tema y sea más clara la idea a explicar, imaginemos que la persona se la puede dividir en partes, pero no imaginemos partes independientes, sino por el contrario partes interdependientes, cuyos límites son tan fluidos que forman un todo, un integrum como diría la sabiduría medieval.

Pues bien, siguiendo la imagen, la persona podría dividirse en tres partes:fisica, psiquica y espiritual.

La dimensión espiritual es la más importante y por ello en su momento le dedicaremos cuantos artículos sean necesarios, a fin de dejar en claro el significado de este aspecto, que abarca la dimensión moral y la religiosa de la persona.

Detengámonos en las otras dos dimensiones.

El aspecto físico imagino queda claro con sólo mencionarlo (los clasicos hablaban de mente sana en cuerpo sano),la salud física es de suma importancia para el desarrollo de todo lo demás.

La dimensión psiquica, por su parte comprende el aspecto intelectivo, volitivo y afectivo de la persona.

Cuando hablamos de una persona integralmente desarrollada (madura) estamos hablando de aquella que ha desarrollado sobretodo, el aspecto psiquico y el espiritual, esto lo dice bien una cita bíblica: qué importa que el hombre exterior se vaya desmoronando si el interior se renueva día a día.

Usando términos prácticos, una persona íntegra, madura, debe saber pensar y entre su pensar y su edad no debe haber un desfase; debe conocerse; saber percibir la realidad como ella es, sin reducirla a si, a sus caprichos; ha de saber ser responsable, primero de si mismo y de todo lo que se le encomiende; ha de tener un proyecto de vida; la voluntad sometida a la razón, actuar por sólidos criterios morales y haber alcanzado una estabilidad emocional. Y cuánto se podría decir de lo espiritual.

¿Cómo conquistar tan noble objetivo? He ahi el detalle, y la piedra de toque para almenos barruntar el tinte DIVINO del distinguido arte de educar.

Cuando se quiere incitar a alguien al mal o a algo que conviene a uno de los interlocutores, se utiliza la persuasión,la cual induce, instiga, incita a hacer algo con razonamientos que una mente clara no logra digerir del todo, pues generalmente las razones que se presentan no tienen fundamento.

La inducción por tanto no es el camino que debe seguir el verdadero educador, para él existe una hermosa palabra castellana: CONTUNDENCIA.

Quien habla con contundencia produce impresión, convence.

La pregunta a formularse es ¿y cómo lo hace?: ¿Por un don natural? No. ¿Por que usa una determinda estrategia? Menos. El mejor estratega del mundo puede no ser contundente, pero sí persuasivo y caen los que se dejan convencer, y los que se dejan convencer se guian más por lo que sienten al escuchar al otro, que por las razones que éste presente.

La contundencia es la cualidad adquirida por quien primero ha internalizado lo que comunica a golpe de reflexión, estudio e investigación; es el resultado de quien ha saboreado lo que sabe (palabra de la que deriva sabiduría), ha verificado por sí mismo la veracidad de lo que tiene delante para poder luego transmitirlo. En palabras de Edith Stein, religiosa y filósofa alemana, católica judía, muerta en los campos de concentración de Auschwitz: ha hecho carne y sangre propia lo que sabe.

Quien dicta, o repite de memoria lo que sabe, no llega; genera en su adudiencia más de gesto de aburrimiento y muchos bostezos.

La persona contundente impresiona, activa la mente del otro, contagia el deseo de saber, suscita admiración y deseo de imitación entre sus oyentes. Su palabra es como trueno y su vida como luz.

Se trata en resumen de lo que era, y debe ser aún, el ideal de los dominicos: contemplata tradere aliis, transmitid a los otros lo contemplado.

Sin esta aptitud, la de la contundencia, no se educa, no se forman personas, porque no llegamos al centro de ellas: su corazón y mente.

Quien reconozca que le falta contundencia, que la busque si de veras considera la labor educativa un tesoro; para quien educar, es una labor entre tantas y que por tanto no necesita de esta cualidad, que siga ejerciendo la labor docente; pero a la larga la vida le pasará factura, una dura de aceptar a veces: la del olvido.

Los educandos sólo recuerdan a los maestros contundentes; a los otros los guardan en un rincón de la memoria nebuloso, donde no hay nombres, ni hechos, y a veces nisiquiera rostros: triste destino para quienes no supieron valorar el tesoro que tuvieron entre manos.

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