EDUCAR, DIVINO TESORO


Para dar inicio a este artículo transcribo la parte final de un poema, dedicado al maestro, cuyo autor es G. Torres Quintero:

(...) ¡Salve Maestro!, obrero sin segundo,
constructor del espíritu del hombre;
para tu afán, la admiración del mundo:
inmenso amor para tu santo nombre.


Sócrates en su apología contra la acusación entablada contra él por Melito, de corruptor de la juventud, en un cierto punto dice lo siguiente: "...mi único objeto ha sido procuraros a cada uno de vosotros en particular el mayor de los bienes, persuadiéndoos a que que no atendáis a las cosas que os pertenecen antes que al cuidado de vosotros mismos, para haceros más sabios y más perfectos..."

El maestro es el "constructor del espíritu del hombre" dice el poema y Sócrates se encarga de explicar esto con dos sencillas palabras: sabiduría y perfección.Este es el programa humanista de todo docente, y remarco el de todo docente, pues no existe un curso dedicado a formar personas, el educador en todo momento, en el área en la que se desenvuelva, es y será siempre un constructor de espíritus.

Qué es el espíritu humano, qué es la perfección, qué es la sabidurá..., sería de hecho todo un curso de antropologia filosófica y teológica; pero vamos a tratar de llegar sencilla y rápidamente al meollo del asunto sin tener que perdernos en discursos que pueden proporcionar mas oscuridad que luz.

Hoy en día se privilegian las profesiones rentables, el ideal que se promueve gira al rededor de tres vertientes: buena profesión, buenos ingresos y si la suerte es favorable, una familia feliz. En una visión así de las cosas o de la vida, la profesión Docente es mirada con verdadero desdén, pues por lo general no rinde monetariamente.

Ciertamente si seguimos la lógica del mundo es obvio que al maestro no le quede mas que esconderse detrás de los muros de una escuela pues de hecho no encaja en esta suerte de festival donde gana el que mas pompa trae consigo. Pero el diamante no deja de ser tal aunque le unten de barro: la Docencia es y será siempre la profesión de las profesiones, la tarea por excelencia, pues es la única encargada directamente de procurar el desarrollo integral del hombre.

Pensemos, prácticamente 16 a 18 años de nuestra existencia la pasamos entre la casa y la escuela, y posteriormente entre la casa y la universidad, sin contar Maestrías ni doctorados que se puedan seguir. Si el promedio de vida como se dice es de 70 años, un cuarto de él lo hemos pasado entre las aulas y el hogar, de lo que se colige que lo que somos al llegar a la adultez es fruto tanto de lo recibido en casa como de lo recibido en la escuela. Se podría ahora decir como en las subastas: ¿quién da mas? y preguntarse: ¿quién aporta más a la persona: la escuela o la familia? Pienso que mientras haya armonía entre lo que se recibe en el hogar con lo que se recibe en la escuela, pues ambas forman o deben dar como resultado un hombre cuyo espiritu haya sido finamente labrado haciendo de él una mejor persona que luego aportará a la sociedad su saber, su ciencia, pero sobre todo se aportará él mismo, él será el mejor aporte que la sociedad reciba. Y qué mejor donación que la de personas bien logradas, maduras,con criterio, con valores, con perspectiva.

Y alguien asi sera fruto de una buena educación obtenida en buena parte de la escuela, por ello es lícito, mas aun, doberoso decir lo que el poeta del verso citado al inicio:

¿Quitaos el sombrero ciudadano!
El maestro de escuela se adelanta
el obrero admirable en cuyas manos,
la antorcha de la ciencia se levanta.

Sabio olvidado que hacia el bien convida,
que procura encender en cada frente;
una luz que ilumina de la vida,
la senda oscura, la áspera pendiente.


Entonces no queda mas que decir: Maestro a tus labores que tienes en las manos un tesoro divino: EDUCAR.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Recuerdo con gratitud a quellos que durante mi niñez me dieron los primeros conocimientos ; con mas claridad a aquellos que unieron la enseñanza de la materia, que les tocaba, con la sabiduria de sus consejos.
Es un buen artículo cuyo tributo, implícito, merece todo educador.