DÉFICIT DE HUMANIDADES VS. EXCESO DE CIENTIFICISMO


Cuando Platón optó por la filosofía, lo hizo por no seguir la escuela sofística que por entonces, se difundía en el medio intelectual.

El sofista en ese entonces desempeñaba su papel de “maestro” usando como instrumento la persuasión.

La persuasión busca ganarse al otro para alguna causa o idea sin importar la lógica del argumento con que se trate de conquistar. Lo que al sofista importa es el convencimiento, por ello se prepara bien en el uso del lenguaje, sobre todo en el aspecto seductor de éste.

Platón eligió la filosofía, porque ella era lo opuesto a la sofística. Mientras que ésta buscaba convencer independientemente de si lo que ofrecía era cierto o no, aquella buscaba la verdad.

Cuando un niño empieza a hablar e ingresa en la famosa “edad de los porqué” lo hace porque subyace en él el deseo de saber la “verdad” de las cosas, aspiración que está incorporada a su naturaleza y de la cual no puede evadirse.

Esta natural inclinación por la verdad en el hombre subsiste siempre, no desaparece.

W. Adorno dijo uno día: “Escribir un poema después de Auschwitz es algo bárbaro”.

Traduzcamos a Adorno a un lenguaje más cercano al común de los mortales.

La lógica suya, por la escuela a la que pertenece es está: ¿Qué ocasionó Auschwitz? Una ideología. ¿De dónde surgió la ideología? Del uso de la razón.

Corolario: si usar la razón ha dado lugar a realidades menos que inhumanas como Auschwitz, es mejor no usarla, pues emplearla “parecería un sarcástico desprecio a la memoria de las víctimas del genocidio” y una semilla que luego germinaría en nuevos Gulags o en un nuevo Shoah. Lo mejor es dar a cada afirmación el mismo valor para evitar que una idea predomine sobre otra y sea ése el inicio del predominio de un grupo o etnia sobre otro. En conclusión, la alternativa más “prudente” es la de no hablar de certezas; entronizar un relativismo absoluto y una apacible y bonachona tolerancia.

Mientras Platón buscaba la filosofía por ofrecerle certezas, Adorno y otros más, o mejor dicho “los más de nuestros contemporáneos”, renuncian a las certezas, o sea a la verdad.

El modo como esta actitud ha repercutido en la educación se verifica en el amplio espacio dado a la formación científica dejando de lado lo que tradicionalmente recibió el nombre de ciencias humanísticas o humanidades.

Se ha puesto el acento sobre el hacer con detrimento del ser.

Se ha dejado de lado lo que los griegos llamaron paideia, los medioevales prudentia y los germanos Bildung. En pocas palabras:

La formación humana, aquella que apuntalaba la humanidad del hombre (inteligencia, voluntad, el sentido de la vida, del amor, de la paz, de la muerte, de la felicidad…), aunque suene redundante ha sido confinada al rincón de las antiguallas y en su lugar se ha encumbrado la formación tecnológico-científica.

Ya no hay sabios, hay expertos.

Decía Chesterton que uno de los males de nuestro tiempo consiste precisamente en el hecho de que cuando las cosas van mal, recurrimos al experto.

El experto es el que sabe el cómo de las cosas, pero no el porqué último ni mucho menos el para qué de ellas.

El experto puede decir, por ej. que la violencia familiar es el resultado de la invasiva intromisión de los mass media en los hogares, pues en las familias en las que la violencia impera se ha comprobado por estudios realizados en muestras que superan el 5% de la población del país X, que en esos hogares las horas dedicadas a la TV superan los tres cuartos de las 12 horas que normalmente tiene un día y por otros estudios se ha podido verificar que los programas predilectos de tales hogares son aquellos en los que impera la muerte, el odio, la venganza, etc. etc. y etc.

Pero el experto no puede responder el porqué (= quid, esencia, naturaleza) de la existencia de la inclinación a la violencia en el ser humano, y no sabrá responder no sólo porque no tenga un conjunto de gráficos estadísticos que lo respalden o porque aun no se haya inventado el software adecuado para responder ese tipo de preguntas. No podrá hacerlo por el simple hecho de no saber qué o quién es en realidad el ser humano, qué son las inclinaciones que éste tiene, que éstas no brotan sólo de un fondo psicológico sino de uno más profundo, de aquel que nos habla la antropología filosófica, no podrá dar una explicación de la existencia de la violencia familiar que vaya más allá de la sociológica, simplemente porque su conocimiento no excede los hechos, se queda en ellos.

A eso ha conducido la formación científica, a estancarnos en lo factible, en lo visual, en lo medible; anegando el natural deseo de verdad, de metafísica (= más allá de lo físico, de lo tocable, generando un déficit de humanidad.

Hoy somos, en cierto modo, menos humanos, pues sabemos menos de nosotros mismos; y por un exceso de cientificismo el hombre de hoy no posee la madurez suficiente que le permita responder las preguntas vitales de su existencia; de ahí que la desidia frente a la hermosa aventura de dar a la existencia una tonalidad cada vez más humana, sea el talante más difundido en el ambiente.

El latido intermitente de las arterias que indican que la vida vibra dentro del ser sólo se da cuando ésta estrecha la mano de la verdad y camina junto a ella.

Más que abrazar yo la Verdad, soy yo abrazado por ella” (Henry Newman).

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El mundo de hoy es semejante a un hombre que cambia constantemente de atuendo sin querer asearse por causarle trabajo. No se mira a la cara , piensa que el traje es él.

Rocio Rueda Mascaró dijo...

Nos quedamos en la cáscara y obviamos el contenido. Muy interesante el comentario.
Gracias.