EDUCAR A TODA COSTA: UNA EXPERIENCIA EN LOS ANDES



Recuerdo que el año 2005, por motivos de trabajo, tuvimos que adentrarnos en los Andes, en la zona perteneciente a Parinacochas, provincia del Departamento de Ayacucho, Perú. Fuimos a visitar varios pueblitos, a unas horas de camino el uno del otro. Eran todos silenciosos y tranquilos, y las noches eran muy, muy oscuras, pues el fluido eléctrico era escaso, las luces de los postes de alumbrado público apenas alumbraban; por tanto esas noches y su oscuridad invitaban a pensar, a meditar, y a contemplar un hermoso cielo estrellado, ya que a más de 3000 metros de altura, sin nada del smog de las grandes urbes, ese cielo tachonadito de estrellas era un espectáculo envidiable e inolvidable, no comparable con ninguna maravilla salida de mano humana.

Además de ello, en una excursión que nos permitimos hacer haciendo un espacio dentro del trabajo que se nos había asignado, trepamos y trepamos hasta llegar a tal altura que podíamos ver el Sara Sara, un nevado; o sea estábamos a casi 5522 msnm. ¡Espectacular!

Debo admitir, con cierto sentimiento de culpa, que no recuerdo el nombre de los pueblos que visitamos, nombres quechuas claro, pese a que en todos ellos nos recibieron con la hospitalidad propia de la gente de los Andes, por los cuales guardo un gran respeto y admiración: tienen tal sencillez, tal apertura, que si de ésa nos dieran un poquito a los que vivimos en las grandes urbes, otro sol nos iluminaría, estoy segura.

Bueno, el hecho es que en uno de los pueblos, del que más recuerdos tengo -pues fue en el que más días nos quedamos, y vaya que no me viene el nombre a la cabeza- había una hermosa escuela.

Hermosa para esos lares: tenía techo y unas buenas paredes de concreto y carpetas aún nuevas, eran el fruto del esfuerzo por mejorar la educación del entonces gobierno de Toledo.

El hecho es que lo precioso no era la escuela en sí, sino la vida que había en ella, era como entrar en un submundo dentro del mundo de aquel pueblo: había vida, entusiasmo, madres colaborando con la profesora, había de todo, nada que envidiar: fotocopiadora, papeles de color, material didáctico, pintura, crayones, colores, TV ¡había de todo!

¿Formaba esto parte del presupuesto que el gobierno de entonces había asignado para las escuelas de los pueblos de las zonas más lejanas del Perú, las que por cierto abundan? No. Simplemente no. Como tampoco sucede ahora, cinco años después.
Todo ello era fruto del esfuerzo tenaz, oblativo y generoso de la maestra del lugar, la encargada de la primaria; pues secundaria allí no había, los jóvenes tenían que caminar horas para llegar a otro pueblo donde sí había Secundaria.

Pues bien, esa respetable maestra ganaba el sueldo macilento que gana un profesor, el cual es aún más pálido cuando se trata de un profesor de pueblo (hoy parece que eso está cambiando con el gobierno actual; repito, parece); pero era tal su capacidad de abnegación que de su propio peculio o como fruto de pequeñas actividades que realizaba, había poco a poco implementado la escuela con todo lo necesario.

Ella debía viajar cada fin de mes, más de 7 horas, en un viejo bus, preparado para trepar esas montañas, tragando polvo durante todo el viaje, a la Ciudad de Arequipa, y de cada viaje venía no sólo con el sueldo que le permitiría subsistir un mes más sino cargada de cosas para su escuela.

La fotocopiadora no era ni una Canon, ni mucho menos una Epson, era una fotocopiadora de lo más rudimentaria: una hojalata dentro de la cual se depositaba una sustancia gelatinosa sobre la cual se plasmaba la imagen a fotocopiar y sobre esa imagen se posaban luego las hojas en blanco, que luego de tocar esa sustancia quedaban, para admiración de los citadinos acostumbrados al clic, al copia y pega, al zapping, etc, impresas con la imagen tal y como ésta estaba en la gelatina aquella. De este modo lograba dar material ya elaborado a los pequeñuelos y así ellos podían pintar, hacer collage, colorear, cortar, etc.

Hasta se había edificado un horno a leña y preparaba tortas en determinadas festividades.

¿Pero qué es una torta para los de ciudad, quienes el fin de semana podemos pedir delivery de lo que sea? Nada ¿verdad? Pero para aquella gente era una verdadera novedad y una delicia.

Ciertamente que el hacer tortas no es una tarea que se halle estipulada dentro de la labor docente, pero ella encontraba en ese detalle una ocasión pedagógica: de todo sacaba algo que lo direccionaba a su tarea educativa.

Con ese simple gesto de preparar una torta, con todo lo que esa labor conllevaba: ensuciarse, tiempo, buscar leña, tiznarse, etc. ella hacía que la gente, y los niños en especial, se sintiesen “alguien”, y no ya un segmento olvidado, apartado a su suerte en medio de aquellas imponentes montañas.

Cuánta pedagogía había en todo lo que ella hacía, y por ello las madres estaban allí prontas a ayudar, pues valoraban la labor de aquella docente, y la querían, y no deseaban que la designasen a otro pueblo.

Cuánto se logra cuando se pone corazón a lo que se hace.

Le preguntamos que por qué se fatigaba tanto -una pregunta que por demás sobraba, ahora que lo veo-, a lo que ella respondió: me gusta mi profesión.

En un mundo monetizado como el nuestro, donde todo es medido y valorado según los parámetros del mercado, la entrega de esta profesional, arrancaría más de una sonrisa burlona y compasiva; pues siendo honestos, hoy por hoy, lo que no rinde no atrae. Tenemos una visión del éxito cuya aureola es un signo de dólar o de euro.

Éxito sin riqueza no encaja en nuestro carente bosquejo de la vida.

Sin embargo esa respetable maestra no entendía de eso, y en ese su no entender, qué inmenso entender había (J. M. Pemán).

Cinco años han pasado desde aquella inmemorial experiencia, me pregunto: ¿cuánto de aquella docente tenemos los que ejercemos la enseñanza?

Cada uno responderá en su corazón, pero lo que es por mí, gustosa doy un paso atrás cuando apenas me asomo a la vorágine creada por las leyes del mercadeo.

Al fin y al cabo ¿a dónde nos conduce todo este ajetreo?

Y con palabras de Pemán quiero poder decir al dejar este mundo:

Al fin rendido quisiera
poder decir cuando muera:
Señor, yo no traigo nada
de cuanto tu amor me diera.
¡Todo lo dejé en la harada
en tiempos de sementera!
Allí sembré mis ardores
vuelve tus ojos allí,
que allí he dejado unas flores
de consuelos y de amores
Y ELLAS TE HABLARÁN DE MÍ.


"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa" (Gilbert Keith Chesterton)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El lugar podria ser Cahuacho o sondor a mi me parece SONDOR y una maestra educando atoda costa.

Rocio Rueda Mascaró dijo...

Exacto es Sondor, qué bueno que alguien que conoces esos lugares me lo hace recordar,.
Gracias