EL DESAFÍO DE EDUCAR A LA GENERACIÓN DEL YO


La llamada generación del yo
La adolescencia es aquella etapa de la vida, en la cual quedan impresas en el alma cosas buenas (virtudes, grandes ideales) o a veces algunas no tan buenas (frustraciones, traumas); pero visto en forma general, la adolescencia es la época propicia y única en la que el joven tiene la gran tarea de dar respuesta a los grandes interrogantes de su vida para a partir de ellos comenzar a construirla.

Es la etapa en la que el individuo descubre su YO, el YO DE LOS OTROS y la existencia de un MUNDO, con sus retos y promesas.

Sin embargo a partir de los años ’80 del siglo pasado, a los nacidos entre los años 1961 y 1981, no se ha dudado en etiquetarlos como la GENERACION DEL YO (Twenge, 2006; otros: Generación perdida, Generación X, Generación de la apatía, Generación del Milenio).

De ella forman parte los venidos al mundo, muchos de ellos, en el seno de un hogar disfuncional (la ausencia del padre es sintomática en esta generación), víctimas otros de los estragos emocionales que para ellos significó el divorcio de sus padres; teleobjetivo favorito y más vulnerable del mercado, los crecidos en un ambiente marcado por el boom de lo tecnológico, etc.

Esta generación así designada tiene como principal característica una aguzada egolatría fruto de una educación cargada de emotivismo, en la que la sobreprotección de los padres hacia los hijos les ha convencido de que son especiales y de que deben aprender a amarse a sí mismos antes que a los demás .

Es característico de esta generación

  • Una enorme autoestima
  • Un narcisismo exagerada
  • Dominio de las tecnologías
  • Experiencias vitales precoces
  • Desprecio por lo establecido
  • Rechazo a lo Trascendente
Pero no todo queda como un conjunto de características de una etapa de la vida, es decir como algo propio de la juventud actual, que nos podría llevar a pensar que los jóvenes de hoy son así; el problema radica en que esta actitud se perpetúa en la persona, tenemos adultos cuya edad cronológica, no corresponde con su edad mental, pues mentalmente siguen siendo adolescentes.

Se trataría, en el afán de dar una imagen ilustrativa, del famoso Síndrome de Peter Pan (Dan Kiley, 1983) transformado en un estilo de vida muy propio de la llamada posmodernidad.

La influencia de lo visual
La generación de la que hablamos vive como en una burbuja, en una especie de submundo que le aparta de lo real.

En el ámbito de la construcción, se suelen utilizar ventanas con doble vidrio con el fin de evitar que el ruido exterior perturbe la calma del hogar; pues bien, este doble vidrio que separa hoy al sujeto del mundo real es la imagen.

Ésta “llega directamente a la sensibilidad y a la afectividad; es mucho más penetrante que la información verbal, más cálida, más inmediata. Se fija más intensamente en la sensibilidad. Es más resistente al olvido, menos racional y por eso puede educar de modo subliminal e inadvertido (…) El hombre es mucho más vulnerable al lenguaje visual que al meramente verbal: este exige comprensión conceptual y reflexión, procesos siempre lentos e inciertos, Aquél sin embargo posee un impacto súbito” (Yepes Stork, 2001, 24).

El mundo de lo audiovisual está como sobrepuesto al mundo físico, a la realidad; lo que impide que el individuo se abra a ella y la desafíe; por ello este sujeto “emburbujado” es pasivo ya sea porque lo audivisual lo manipula a su antojo, ya porque no ha desarrollado la capacidad de ir más allá de la imagen, o ya porque ha perdido todo interés por todo aquello que no sea él mismo.

Un testimonio
Es el de Kirstie Doig, de Youth Intelligence, quien en la conferencia anual de la American Magazine Conference 2000, describió a la gente de la generación X, a la cual pertenece con palabras como las siguientes:

“Mucha gente nos pregunta: ‘¿ustedes no son la generación apática?’ Porque cuando se habla de la Generación X la mayoría de la gente piensa en un tipo que se pasa horas despatarrado en un sillón, frente al televisor, con una cerveza en la mano, haciendo sólo eso durante casi todo el día: mirar tele (…).

Nosotros fuimos la primera generación que se crió con la ruptura verdadera del hogar tradicional. Durante nuestra infancia la cantidad de divorcios aumentó más de 50%. ¿Eso qué implica? ¿Confianza? Éramos niños que teníamos la llave de la puerta de casa desde chiquitos; éramos hijos en hogares uniparentales. Por primera vez dejaba de existir la idea de dos padres, dos hijos, un perro, un gato y una cerca blanca rodeando el jardín. Teníamos que arreglarnos solos.
Hemos crecido oyendo decir: no coman mucho de aquello porque produce cáncer, cuídense del sol por que la capa de ozono… Digan siempre no a un extraño; cuidado con las relaciones sexuales, porque el embarazo no es el único peligro, también está la muerte; cuidado al cruzar la calle, miren antes a izquierda y derecha, pues un auto puede pasar a toda velocidad y aplastarlos, o cuidado al caminar por ciertos lugares, porque los puede matar una bala perdida.

Cuando todos nos criticaban por no interesarnos en lo que estaba pasando en el mundo, era sólo porque estábamos muy ocupados tratando de manejar todos nuestros miedos”.

La labor del Docente
Hemos dado un vistazo a la denominada Generación del YO desde fuera y desde dentro.

Por fuera se puede apreciar a una juventud renuente a toda norma moral, a todo aquello que se les ofrezca como algo establecido, inmersos en lo suyo. Por otro lado hemos palpado, a través de las palabras de Kirstie Doig, que ser joven hoy no es fácil.

Carencia de valores por un lado, y carencia de afecto, pero afecto del bueno, por otro.

¿Qué hacer?
Aquí la formación moral es fundamental; pero aún más decisivo es el quién la da, el cómo, y el qué.
El cómo: ni a gritos ni a empellones. Primordial es el respeto y el ambiente de confianza que se cree entre docente y alumno.

El respeto, para que el alumno descubra la riqueza de humanidad que guarda en sí y aprenda paulatinamente a respetarse y a respetar a los demás.

La confianza suscita el afecto. El joven necesita ser oído, entendido y aceptado. Es entonces cuando él percibe que aquél que le escucha es otro como él, alguien que habla su idioma y siente lo que él experimenta.

Del afecto se pasa fácilmente a la admiración y el receptor ve al emisor con una autoridad intrínseca y fácilmente le escuchará, pues más fácil se presta atención al testigo, a la persona coherente que a aquel que tenga el titulo de maestro pero que en la práctica no lo sea. Aquí radica la naturaleza del quién.

No cualquiera educa. Educa el que primero ha sabido autoeducarse y que por tanto habla ante todo con su vida, y luego con su palabra.

¿Y qué habla? Lo que vive; lo que el joven necesita también vivir: la generosidad, el agradecimiento, la compasión, el cuidado por los discapacitados y enfermos, la alegría, la solidaridad, etc. virtudes que precisamente le son necesarias por ser las que le sacan de su mundo y le abren a lo real, a las otras yoidades.

Puede parecer una solución simple, pero simple no es sinónimo de carente; a veces las grandes soluciones están en la sencillez de una mente que ama lo que hace y que hace lo que hace con amor; que en los cerebros de cientos de letrados.

Bien lo formuló alguien en el s. XVI: Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor.

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