HUMANIDADES MÁS Y MEJORES


Desde hace tiempo las humanidades han sido desposeídas de su antiguo papel como eje del sistema educativo. Materias como las lenguas clásicas, la teología o la filosofía se han visto desplazadas al segundo plano de las asignaturas optativas, es decir, accesorias, o pesa sobre ellas la amenaza de una futura extinción. El imperativo de la productividad rige también las modas profesionales, de tal modo que las carreras que proporcionan destrezas —la economía, la informática o el derecho— son objeto de elección por encima de aquellas otras que se detienen «inútilmente» en consideraciones de mayor alcance. Hemos entrado de lleno en lo que Ortega llamaba «la barbarie del especialismo».

La configuración del sistema educativo —una amalgama de disposiciones legales, pero también de gustos y modas— es un claro indicador de lo que una civilización considera más urgente en la formación de los ciudadanos de acuerdo con sus problemas y necesidades. Hay siempre una razón más profunda que las estadísticas de preferencias o la oferta de empleo que explica las orientaciones profesionales.

Predominio del hacer

Solamente las humanidades pueden encontrar respuestas adecuadas a los problemas que plantea la sociedad moderna. Lo que caracteriza a estos interrogantes es que no pueden ser resueltos en el mismo nivel en que se suscitan. La definición de los valores morales, de los derechos humanos o de los límites del poder no puede establecerse desde la pericia judicial, la organización administrativa o la programación informática.

Las cuestiones que hacen relación a estos problemas encuentran su ámbito de estudio y discusión en lo que tradicionalmente se ha llamado humanidades. Por esta razón es difícil despejar tales incertidumbres si la educación humanística no adquiere una posición central en el sistema educativo. A la temporalidad de los temas que las humanidades ponen en juego se añade ahora otro motivo de interés: la necesidad profunda que nuestra cultura experimenta de dar sentido, propósito y dirección a la sociedad y al mundo.

La identidad humana

En su brillante apología de las ciencias humanas, el profesor Hersburgh ofrecía una «composición de lugar» que puede ser muy ilustrativa. Imaginemos un mundo que se ha vuelto humanamente tan inhabitable y próximo al peligro de destrucción total que un grupo de personas se reúnen en un Arca de Noé propulsada por cohetes y buscan otro planeta donde sea posible crear un nuevo mundo humano. Tras encontrar uno suficientemente espacioso, habitado por vida inteligente aunque no humana, los inmigrantes planetarios son interrogados por los nativos acerca de la identidad humana.

Los fugitivos, sorprendidos inicialmente por la radicalidad de la pregunta, no dudarán sin embargo en señalar los aspectos fundamentales sin los cuales sería inconcebible una vida realmente humana: la libertad, los derechos de la persona, la paz... Pero esta contestación, lejos de satisfacer la curiosidad del anfitrión planetario, suscita una nueva pregunta:

— ¿Todos esos derechos, tan importantes para la vida humana, fueron respetados en el planeta que habéis abandonado?

Con algo de vergüenza los visitantes relatan las pequeñas y grandes miserias que, bajo la forma de violencia, egoísmo, ambiciones y guerras de toda índole, habían empañado la imagen que acababan de trazar. Pero ahora el desconcierto de los nativos es mayor que antes y la perplejidad les lleva a formular una pregunta definitiva:

— ¿Cómo esperan entonces lograr aquí una vida realmente humana si allá obtuvieron un fracaso tan estrepitoso?

La respuesta estaría relacionada con el tema que aquí nos ocupa: la educación humanística. Casi todos los grandes reformadores —desde Platón hasta Kant— han dirigido especialmente su atención, con mayor o menor fortuna, hacia el sistema educativo. No pretendo decir que el conocimiento del bien baste para su cumplimiento. Este error procede de olvidar la distinción entre naturaleza y condición humana. La educación correcta no garantiza necesariamente la buena conducta. Pero pienso que sí puede establecerse el principio contrario: una educación deficiente que sustituyera las cuestiones específicamente humanas por la máquina y el número conduciría con seguridad a la degradación del hombre y a la decadencia social.

El futuro del hombre

La ciencia moderna ha abierto muchos campos de investigación, algunos de ellos de especial relevancia social. Pero es principalmente en las humanidades donde se dirimen las grandes cuestiones en las que se juega el futuro del hombre. En la filosofía y la historia, en el arte y la literatura nos topamos siempre con el esfuerzo de establecer y alcanzar —con éxitos y fracasos— lo que los griegos llamaban una vida buena. La humanidad lograda y la mezquindad, la tragedia y el heroísmo, la gloria y la deshonra se dan cita en las ciencias humanas mostrando la aspiración del hombre por dirigir su vida conforme a fines y valores determinados. Del contacto con estas realidades se adquiere la experiencia que otros saberes no pueden proporcionar.

¿Cuáles son, entonces, las virtualidades que ofrece una educación humanística? Algunas de ellas han sido ya perfiladas, por lo que sólo subrayaré tres que me parecen de especial importancia.

En primer lugar, el estudio de las humanidades amplía la capacidad de pensar con claridad y profundidad sobre las grandes cuestiones que tejen la vida del hombre y que los saberes técnicos no pueden siquiera suscitar: el sentido de la vida, el amor y el odio, la guerra y la paz, la vida y la muerte, la felicidad y la tristeza... No deja de ser sorprendente que, en una sociedad que se dice avanzada, un buen número de ciudadanos elaboren sus criterios acerca de las cuestiones a las que acabo de referirme sobre los juicios que se emiten en los distintos medios de comunicación.

Asistimos a una verdadera degradación de la capacidad de opinar, lo que aumenta indudablemente las posibilidades de la manipulación. El estudio de las humanidades fortalece, en cambio, la capacidad de pensar por cuenta propia. Esta fue la razón que movió a Platón hacia la filosofía: haber sentido vértigo en la vida pública, dominada por la superficialidad de la sofística.

Importancia de los valores

En segundo lugar, las humanidades mejoran la capacidad para expresarse adecuadamente. En un mundo en el que casi todo puede conseguirse marcando cruces en un impreso, las materias humanísticas proporcionan ese carácter que es indispensable para ejercer, con claridad y elegancia, el arte de la escritura.

Una tercera cualidad importante de la educación humanística es la capacidad de valorar. Desaparecida ya la ilusión positivista de una ciencia libre de todo juicio de valor (Max Weber), nuestra civilización está exigiendo nuevamente consideraciones normativas para los problemas que plantean el derecho, la política o la tecnología.

Sin valores, el empresario puede ocultar la injusticia bajo las cifras de la productividad, el abogado convertirse en un hábil manipulador de la ley y el médico olvidar el misterio y la dignidad de la vida humana.

El desierto tecnológico


Para que esto no ocurra se requiere abandonar los enfoques, a menudo triviales, de un pragmatismo superficial. El conocimiento de las técnicas y destrezas particulares ha de ser enriquecido por la universalidad, integridad y sentido de los saberes que están en condiciones de ir al fondo de las cosas.

Es fácil imaginar el desastre que supondría la sustitución de los economistas, médicos y abogados por los filósofos. Cada modalidad del saber tiene su adecuada expresión profesional, su rigor propio y su función social. Por este motivo es saludable la diversidad profesional. Pero ello no anula la necesidad de alcanzar una cierta integración de los saberes. El mundo de hoy, definido por Hersburgh como un «desierto tecnológico», reclama la incorporación de valores humanos en los diversos dominios científicos. Para lograr este objetivo los estudios humanísticos han de constituir la parte central de la educación.

(Tomado de http://es.catholic.net/educadorescatolicos/693/2138/articulo.php?id=23562)

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