UNA SOCIEDA ANTIEDUCATIVA (I)



(los siguientes serán una serie de artículos relacionados con la educación y que nos conducirá a plantear algunas propuestas para mejorar el acto educativo y demostrar que educar es una tarea SIEMPRE POSIBLE)

LA CULTURA DE LA IMAGEN

El dicho: “Una imagen vale más que mil palabras”, cobra hoy un significado muy fuerte, dado que lo que hoy dirige los movimientos de la sociedad es la imagen. Ella transmite valores, estilos, tendencias, etc. puestos en la imagen por otros, obviamente, a quienes les conviene que tales mensajes se esparzan en la sociedad.

Pero el poder de la imagen no radica en ella sino en la actitud del individuo que tiene en frente. Ante un sujeto activo (pensante) la imagen manipuladora de hoy no tiene ningún poder. El pensamiento débil ha dado a luz a un sujeto también débil (pasivo) y por ello la industria de la imagen puede hacer con él lo que le plazca.

Las imágenes que hoy acordonan la existencia humana sólo muestran cosas, y por ello el hombre sólo piensa en cosas y cuanto hace se dirige a las cosas, y de las cosas busca la comodidad, de ahí que las ciencias prácticas estén en todo su apogeo, desplazando a las teóricas (entiéndase ciencias humanísticas).

De este modo tenemos un hombre cuya capacidad de pensar se halla obnubilada para otro tipo de realidades que no sean materiales. Cuando el hombre deja de interesarse por la verdad es porque las cosas se le han atravesado en la visión dejándolo miope para lo que verdaderamente importa, es decir para lo que no es material (aquí radica el punto central del pensamiento débil).

De hecho no se trata de anular las ciencias prácticas, vivimos en un mundo eminentemente tecnológico que requiere tales conocimientos, substraer al hombre de los avances de la era digital es cerrarlo al progreso que tiene mucho de ventajoso, pero lo que sí se debe buscar con ahínco es la armonía entre la teoría y la práctica.

El pensamiento está hecho para pensar, para ir más allá de lo que los sentidos pueden alcanzar. Cerrar la razón a esta su naturaleza significa el suicidio de la misma. Ella tiende a ir en pos de la verdad, sobre todo de la Verdad con mayúscula; es como un peso que la arrastra y al cual no se puede resistir.

Si el intelecto no trabaja, la tendencia a la aventura de lo nuevo -no en el sentido de andar tras novedades, sino en el sentido de sumergirse siempre más en la profundidad de la realidad - se ahoga y se convierte en una carga que en vez de conducirlo hacia su objeto lo encamina al descontento de la falta de plenitud que se manifiesta en la tristeza de una pérdida del gusto por vivir y en la búsqueda insaciable de sucedáneos que muy precariamente darán al intelecto lo que éste solicite.

Esta visión minimizada de la razón humana viene cargada de consecuencias existenciales. El hombre al no sentir esa sensación de plenitud que desea experimentar termina orientándose hacia “asuntos sin importancia, que terminan secando el hondón del alma, abocada a descargas emocionales sin apenas sentido".

¿Pero qué significa la vida en un universo de este género? Nada más, por ahora, que indiferencia por el porvenir y pasión por agotar todo aquello que nos está dado” .

Ahora bien, si todo tiene el mismo valor, da igual elegir una cosa u otra, una opinión o su contraria, de este modo libertad es sinónimo de elección, sin dar a esta actividad ninguna connotación moral, lo importante es elegir y basta.

En este contexto la comunidad humana en vez de brotar espontáneamente de la naturaleza humana, social por excelencia, es fruto de un consenso donde cada uno debe tolerar al otro con su verdad y cuidar que el otro no viole los linderos de la verdad del que tiene al lado.

De este modo sociedad es sinónimo de agrupación de soledades: muchos seres colocados contiguamente, pero no entrelazados por una alianza fundada en valores comunes.

“¿Qué tipo de naufragio nos espera si nos dejamos atraer sin defensas por estos cantos de sirenas?

Es la atomización total de los individuos y, en consecuencia, la inevitable soledad que representa el más espectral efecto del egoísmo nihilista” (Giovanni Reale).

El pensamiento débil no logra -por autodeclararse incapaz para ello- trascender lo que es constatable, experimentalmente, y se abate desconsolado en un sentimiento de la nada, que sería la meta definitiva de la existencia humana.

He aquí un reto para la educación. Lograr romper la barrera que se ha sentado sus reales delante del individuo y le impiden ver los valores imperecederos.

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