UNA SOCIEDAD ANTIEDUCATIVA (III)


Con este artículo, damos fin a lo que representa un poco nuestra realidad, en cuyo contexto la tarea educativa debe desarrollarse.
De ninguna manera es un análisis riguroso, veámoslo más como un sobrevolar sobre nuestro hoy.
Lo importante es tener algunas ideas, lo más claras posibles para saber dónde hay que trabajar más y cómo.


No es tampoco intención de quien escribe, decir que todo en nuestra actualidad es negativo, de hecho hay muchas cosas buenas, tal vez a ellas les demos su debido espacio, por ahora cerramos este ciclo con este artículo.


El consumismo

La sociedad moderna es una sociedad mercantilizada en la que el consumo es factor primordial no sólo por una cuestión de sobrevivencia sino de identidad, prácticamente se ha creado la fórmula: si no consumes (si no estás al día con lo que el mercado ofrece), no eres persona.

La verdad sobre el hombre hoy la proporciona el mercado y éste se maneja con una idea del hombre reducida a placeres e instintos, los que trata de exacerbar a fin de aumentar el consumo.
Tal modo de manejar la industria del mercado trae consigo una enorme incidencia antropológica, pues empuja al hombre a convertise en títere de las pulsiones del mercado, a que se vea a sí mismo sólo como un amasijo de tendencias a las que debe necesariamente satisfacer y que le encogen sobre sí mismo cerrándolo a los demás.
“El corazón se combina con la complacencia de la frivolidad, los valores con el interés, la bondad con la participación acotada, la preocupación por el futuro con las aspiraciones del presente: sea cual fuere el estado de gracia de la ética, la cultura del sacrificio ha muerto, al tiempo que hemos cesado de reconocernos en la obligación de vivir por otra cosa que no sea nosotros mismos”(Gardella, 2003).

A su vez consumo y tecnología se unen y forman el saber producto (o sea un saber que no busca saber qué son las cosas, sino para qué sirven, cuánto rinden. De esto habla bien Lyotard en su obra: La condición posmoderna. Informe sobre el saber), que ha dado origen al especialista: álguien que sabe mucho de algo.

Tal modalidad del saber se inició con la Revolución industrial (buena en sí, tal vez mal manejada luego). Con ella crece el deseo de dominio; es entonces cuando el saber se fragmenta.

Sencíllamente hablando: la realidad se parte en pedazos y cada pedazo es dado a un estudioso interesado en él. El grupo de especialistas (equipo) que investiga la realidad por un afán de dominio favorece el auge de la técnica y el surgimiento de la empresa como entidad a la cual sirve su saber, que luego será vendido en el mercado cuyo único objetivo es hacer la vida del hombre más cómoda. El saber, por tanto, se subordina a la búsqueda de la buena vida (L. Polo).

Imagen, especialización, técnica, empresa serán los referentes que orienten de ahora en adelante el pensar del hombre, así como relativismo, tolerancia, hedonismo y consumismo representan los nuevos adalides de su conducta.

Tal tipo de existencia sumerge al hombre en una indiferencia enervante y en una apatía intelectual que le privan de una existencia vivida plenamente. Con el pensamiento débil “quizá se puede sobrevivir, pero no se puede propiamente vivir. Si el hombre es animal racional, para él la forma más intensa de vivir es razonar. Aristóteles decía que la acividad intelectual es praxis por antonomasia y si la vida es acción inmanente –animación- para el hombre la manera más activa de ser es pensar” (J. Barrio).


Las preguntas surgen espontáneas: ¿qué hacer para que el hombre active su capacidad de pensar profundamente? ¿Qué hacer cuando el primer deseducador es el ambiente?


A responder esta pregunta, estarán dedicados cuantos artículos sean necesarios.


Sólo nos queda decir: no se los pierdan.

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