ALGO MÁS SOBRE EL VALIOSO ARTE DE LEER

Si bien  en un  artículo anterior presenté las líneas generales de las ventajas de la lectura respecto al proceso de aprendizaje,  no me parece superfluo añadir en este artículo algunas pinceladas que nos animen a apreciar aún más la lectura a fin de introducirla  como una herramienta ineludible dentro del proceso de enseñanza.

Empecemos indicando quien no es un buen lector o por lo menos, quien no puede ser considerado lector a carta cabal. 

No es buen lector en sentido estricto:

  • quien lee por necesidad,
  • quien lee para sacar algunas ventajas materiales,
  • quien lee para lograr un ascenso.
En suma, no es un buen lector aquél que lee por un motivo distinto del de leer por el sólo goce de hacerlo.

Con palabras de Pedro Salinas un buen lector es "el que lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de estarse con él horas de horas, lo mismo que quedaría con la amada".

El buen lector es aquel que al leer no tienen otro interés que el leer por el leer mismo.

La lectura proporciona materia para pensar, temas de los que hablar y palabras para expresarnos. Huang Shanku decía: "Un sabio que no ha leído nada durante tres días siente que su conversación no tiene sabor" (se torna insípida).

Puede resultar fuerte la expresión, pero un slogan rezaba así: "Si no lees, calla, se nota", y es que en realidad la falta de cultura de la que adolece una persona, causada justamente por el hecho de no leer, salta a la vista en una conversación seria.

Menéndez  y Pelayo cercano a su muerte no pudo reprimir esta exclamación de dolor: "Lo único que siento es la cantidad de libros que aún me quedan por leer".

La vida de un buen lector es una vida intensa, cargada de horas de atención, de emoción, de concentración, de viajes imaginarios por mundos maravillosos buenos para la mente y para el espíritu.

"Quien no haya pasado tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado..." (Michael Ende) no sabe aún lo que significa leer.

"Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas deliciosas" (Montesquieu).

¿Hemos saboreado ya esta delicia? Si la respuesta es sí, ¡enhorabuena! tendremos un punto a favor a la hora de inculcarla a los alumnos. 

Y si la respuesta fuese un no, pues ¡adelante! a zambullirnos en el maravilloso mundo de la lectura, buceando en él nos toparemos con más de un inenarrable gozo, "no habéis leído  cómo en los campos de concentración nazi, algunos sobrevivieron recitando de memoria obras literarias? ¿Cómo se puede vivir cuando  la lectura se ha convertido en una necesidad vital? La enfermedad de  leer tiene sus ventajas" (C. Bertolo), la mejor de ellas es que podemos contagiarla.

Traduciendo al positivo el slogan aquel que citábamos líneas atrás, animémonos pensando que "si somos buenos lectores, sabremos comunicarnos y se notará que leemos".

No hay mejor elogio para un maestro que el que los alumnos reconozcan que sabe, y si sabe es porque lee y si lee es porque ha sabido cultivar en sí un conjunto de hábitos que la lectura ha ido forjando en él.

Leamos y creceremos como personas, leamos y creceremos como Docentes.

Agarrémosle el gusto a la lectura y le habremos agarrado, en gran parte, el gusto a la vida.



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