EL VALOR DE LO ESCONDIDO

La actividad Docente,  puede acarrear un sentimiento de soledad, de incomprensión, de cansancio inclusive,  al no ver resultados de nuestro esfuerzo en modo contable,  palpable e inmediato.

Esto le pasa no sólo al Docente, le pasa a muchos en la vida.

Viene a mi memoria una historia que leí y que incluso fue llevada a la pantalla grande, y que forma parte del grupo de esos films que nunca pierden vigencia y que volver a verlos dejan el alma fresca y renovada.

El título del film es A man for all seansons. En español: Un hombre para la eternidad, dirigida por Fred Zinnemann (1966) y que obtuvo 6 Oscars (1966) y 7 premios Bafta (1968).

El actor principal, Paul Scofield, interpreta a Tomás Moro en forma magistral.

El tema de la película es la firmeza de Tomás Moro de no doblegarse a los requerimientos de Enrique VIII para obtener de  él, a quien nombra su canciller, la aprobación de su nuevo  matrimonio, al que siguieron muchos otros, los que -por órdenes de Enrique VIII obviamente- duraban hasta que el hacha  o la reclusión en la torre, lo separaba  de su nueva consorte.

Pues bien en este film hay una escena en la que Ritchie, un hombre joven y ambicioso quiere obtener algún puesto en el Juzgado guiado más por ambición que por vocación, y para lo cual solicita la "ayuda" de Moro. Éste se niega a dársela porque para un joven así y con las tentaciones que la corte ofrecía, no le parecía el mejor puesto para él, así que le propone ser  maestro, no por ser este oficio de poca monta, sino por ser una labor grande pero escondida, algo que le vendría bien a Ritchie a fin de doblegar su espíritu codicioso. 

La escena de la película que muestra la negativa de Moro al pedido de Ritchie, ofrece el siguiente diálogo:

"Moro: ¿Por qué no ser maestro? Serías un buen Maestro, tal vez genial.

Ritchie: Si lo fuera  ¿quién lo sabría?

Moro: Tú, tus amigos, tus alumnos... Dios".

Quien lo desee puede ver esta escena en el siguiente enlace, el diálogo se da en los primeros minutos de ella:


http://www.youtube.com/watch?v=7JOiwDNO3IQ

Pues bien el mensaje es claro: lo llamativo no necesariamente es lo mejor y lo grandioso no necesariamente es lo que vale.


La labor escondida del Docente no cuantificable, ni medible, como sucede con las labores que se hacen más por una cuestión de vocación que de intereses, nos deben dar la satisfacción que aunque no logremos el aplauso del mundo, el ahínco, tesón y entrega con que la realicemos, recibe la gratificación de la paz que nos proporciona una conciencia tranquila, la de unos alumnos  que sabrán desenvolverse en la vida y que de seguro no olvidarán al maestro que mejor desempeñaba su labor,  la de un círculo de amigos con ideales parecidos a los nuestro que sabrán valorarnos y sobre todo, como bien dice Sir Tomas Moro, lo sabrá Dios.

Y aquí... entre nos... ¿EXISTE MEJOR RECOMPENSA QUE ESA?...

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