FILANTROPÍA VS. RESPONSABILIDAD SOCIAL



La practica de la filantropía
La palabra filantropía, es de larga data, se remonta a la época romana,  proviene del griego y significa amor por el hombre. Su práctica ha sido un continuum a lo largo de la historia de la humanidad pero se la ha ido asociando a una ayuda que promueve un status quo,  un alivio de situaciones, a una ayuda muy superficial que soluciona los males del momento sin llegar a la raíz del mismo. En general la filantropía ha sido vista por muchos como una práctica no deslindada del beneficio personal, a una ayuda no gratuita ni altruista; aunque no falta quien siga usando el término en buen sentido y así por ejemplo de habla de filantropía social, de filantropía comunitaria, pero es preciso hablar hoy de responsabilidad social, dado que este último término ha sido acuñado justamente para presentar una forma de ayudar renovada, mejorada, con un nuevo cariz, marcado por la impronta de la donación.
El hombre ser social
Ningún hombre es una isla (Jhon Donne). La comunidad no es un lujo casual o superfluo, sino algo absolutamente necesario. Los seres humanos no pueden vivir y desarrollarse aislados como Robinson Crusoe, ya que la mayor parte de los bienes humanos no se alcanzan en solitario. La vida sólo puede conservarse en una especie de familia, con la ayuda de los demás.
El vivir en sociedad, indica en un sentido real, que la comunidad compensa nuestras limitaciones individuales, haciendo posible o al menos intentándolo, la consecución de propósitos que ninguno de nosotros podría realizar por sí solo.
Es un error ver a la comunidad humana como una entidad que  engulle al individuo, negando así su responsabilidad y su individualidad.
La sociedad, si desea conservar su verdadera naturaleza, no debe de ninguna manera negar al individuo, pues ella sienta sus bases en el compromiso compartido que surge de elecciones personales, por medio de las cuales cada individuo carga su propia responsabilidad de realizar los valores que conducen  a que distintas personas constituyan una  comunidad (Cruz Prados, p. 68).
Es decir, la comunidad brota de elecciones libres y personales de vivir ciertos valores que permiten que los hombres se aúnen y en cohesión busquen su desarrollo y el de la sociedad a la que pertenecen.
Lo que caracteriza al hombre como persona es la capacidad de participar personalmente en un bien común, de participar voluntariamente y responsablemente, con impulso propio y en nombre propio, en un bien que trasciende su bien individual. Al hombre le es posible participar en su realización y posesión de manera consciente, activa e intencional. Es de aquí, de este tipo de hombre, de donde brota la democracia (=gobierno del pueblo) la cual se compone de ciudadanos, los cuales son individuos que pueden actuar como sujetos activos de la vida política (García, p. 176).
Sin personas que asuman en primer lugar sus deberes personales no puede de ninguna manera brotar la comunidad, la sociedad; con individuos replegados egoístamente sobre sí, solo surge una agrupación de individualidades, donde al fin cada uno busca su bien personal sin preocupación por el otro; la comunidad humana sólo puede brotar de la unión de sujetos que asumen sus obligaciones, sobre todo aquella de estar atento al otro. Actitud que no es fácil si antes no se han encarnado, como resultado de la práctica constante de los mismos, ciertos valores que disponen a la persona a estar atento al otro, como son por ejemplo: la gratitud, el perdón, la empatía, la solidaridad, etc.
El hombre ser donal
Sin embargo el hombre no solo precisa de los demás, el hombre necesita además darse a los demás. Su capacidad de donación es enorme, y en ella encuentra su realización plena.
La naturaleza del hombre como ser donal, manifiesta su capacidad de trascendencia que se opone al  individualismo reinante que busca sólo los comportamientos que reporten un beneficio personal, dado que el hombre es capaz de olvidarse de sí y darse a los demás en gratuidad plena, y en esa entrega generosa encontrar la felicidad, la cual radica justamente en la donación de sí, que podría parecer antagónica al progreso personal, pero que en realidad es el requisito sine qua non puede el hombre llegar a una madurez plena.
El don sobrepasa   la lógica del deber y del derecho. Entre el que dona y el que recibe no existen ni derechos ni deberes, porque si fuese así no se podría hablar de don. Es la gratuidad lo que caracteriza al don (Casadei, p. 123,2005) [1].
Creerse autosuficiente ha inducido al hombre a confundir la felicidad con formas obtusas  de bienestar material y de actuación social, en las que prevalecen el yo y sus necesidades, obnubilando e incluso atrofiando de este modo, la capacidad humana de la entrega gratuita d e sí.
El sentido de la responsabilidad
La palabra responsabilidad proviene del latín respondeo, cuyo significado es responder.
A partir de la etimología, se colige que este término indica la capacidad del ser humano de rendir cuenta de sus actos.
El poder rendir cuenta, a su vez, saca a la luz a un sujeto que al actuar sabe lo que hace y porqué lo hace, lo que en otras palabras se denomina libertad; hablar de hombre libre es hablar de un sujeto que posee inteligencia y voluntad: inteligencia para saber lo que se debe hacer y voluntad para hacerlo aun cuando los sentimientos vayan en contra; por otro lado señala la existencia de ciertos deberes de cuyo cumplimiento el hombre debe responder.
Todo esto nos lleva a la conclusión de que el hombre posee  obligaciones, las cuales debe asumir y de las cuales debe rendir cuenta; pero estas obligaciones no deben ser vistas como algo impuesto sino como algo  a lo que el hombre está naturalmente inclinado, lo cual hemos dejado en claro el  hablar del aspecto donal del ser humano, en cuya realización haya su felicidad.
La responsabilidad social
La responsabilidad de la que hablábamos en el titulo precedente no la posee el hombre únicamente en particular, sino también colectivamente, este es otro de los motivos de la creación de la expresión responsabilidad social, la cual quiere indicar una
 responsabilidad que el hombre posee frente a su entorno (que incluye personas y cosas) por el cual se preocupa y por el cual trabaja para mejorarlo, y para dejar un legado a los que vendrán después de él, no por obligación sino libremente, como parte de su naturaleza humana donal, que le lleva a darse y no a cerrarse en sí, pero esta responsabilidad además de asumirla a título personal, la asume también como miembro de una familia, de una sociedad, de una nación, de una institución. etc.
Asistimos en el ámbito económico al desarrollo de la idea de responsabilidad social empresarial que busca orientar la responsabilidad de la gestión de las empresas no sólo frente a sus propietarios, sino también frente a sus trabajadores, a sus clientes, a la comunidad local en que está inserta y también, no menos importante, frente a la naturaleza y la preservación de sus recursos.
Con los mismos términos pero en el mismo sentido hay que aplicarlo al terreno educativo.
La responsabilidad social puede verse bajo cuatro formas:
·         Cumplimientos de las leyes.
·         Hacer lo justo, equitativo y correcto más allá de lo que la ley exige.
·         Hacer las cosas respetando todo aquello que rodea el ámbito en el que nos desenvolvemos.
·         Contribuir a mejorar la calidad de vida de la comunidad a la que pertenezco [Ferrell y Fraedrich] (Montuschi, 2009, pp. 19 – 20).
Al hablar de responsabilidad social encuadrándolo en el ámbito de la educación, es obvio que el aspecto de ésta que nos interesa es el cuarto.
Lo primero que hay que señalar son los principios básicos que deben guiar la actuación de ésta:
·         No seas individualista al actuar a favor de un bien como respuesta a sentimientos de entusiasmo o impaciencia.
·         No dejes que los sentimientos de inercia te impidan actuar para el bien.
·         En respuesta a los sentimientos, no actúes o dejes de actuar a favor de alguien por motivos de preferencia, a menos que la preferencia sea requerida por el bien hacia los demás.
·         No actúes con hostilidad en detrimento de ningún bien humano fundamental.
·         No actúes movido por sentimientos de aversión, salvo para evitar algún otro mal diferente de la tensión de soportar aquello.
·         No busques satisfacer deseos emocionales por ellos mismos, sino como medio para la persecución o logro de algún bien intangible.
·         No actúes a favor de la ilusión de participar de un bien prefiriendo esto a la realidad de hacerlo (Sánchez-Migallón, 2008, pp. 72-73).
En pocas palabras: para practicar la responsabilidad social, no es preciso tener los sentimientos a favor o en contra, simplemente hay que ejercerla.
Aunque parezca antagónico la responsabilidad social es una exigencia que debe empezar en el sujeto mismo, bien decía Gandhi: tú debes ser el cambio que quieres ver en los demás.
Si queremos educar para la responsabilidad social es preciso lograr que en primer lugar cada educando cumpla consigo mismo, cultivando valores y virtudes que le hagan crecer como persona (madurez) y en este crecimiento vendrá como por añadidura la apertura a su entorno, pues sólo quien sabe lo que significa renovación personal no se quedará tranquilo hasta no ver una renovación también en lo que le rodea.
Claro que para renovarse y madurar hace falta cabeza y corazón. Si un barco vacío vaga por el mar, es que una catástrofe o un saqueo le han dejado sin proyecto ni rumbo alguno. Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es que muchos están interiormente vacíos y por lo tanto tienen que aferrarse a promesas y narcóticos, que después dejan una sensación de vacío en su interior.
Responsabilidad social requiere de personas interiormente llenas de valores; habrá que inculcarlos, que enseñarlos y sobre todo demostrarlos que es posible vivirlos y ser feliz con ellos, palabras ilustran, ejemplos arrastran.

Qué reto y  responsabilidad para nosotros docentes.







[1] La traducción es nuestra.

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