HUÁNTAR


Patricia Pereyra
Diciembre 2005
Hace algunos años, en el 2005, la Asociación Ancash me propuso dar un taller de teatro para niños. 
Las profesoras de primaria de una pequeña escuela del Estado pensaban que sus niños eran muy tímidos y les pareció que unas clases de teatro podrían ayudarlos a expresar sus emociones. Sugerí que el taller fuera por una semana y para 20 niños como máximo, pero al final llegaron 70 y el curso duró dos semanas.
El lugar era en Ancash a dos horas de Chavín de Huántar en un pequeño pueblo llamado Huántar. Las casas de adobe, todas muy parecidas tenían sólo agua fría y un teléfono público en la panadería de la plaza donde destacaba una televisión a pilas rodeada de cuyes que los comunicaba con el mundo de afuera, tan distinto a su realidad andina.
El colegio, la capilla, las calles de tierra, el sol majestuoso en medio del azul del cielo creaban una atmósfera casi fotográfica que combinaba bien con el silencio (durante el tiempo que estuve ahí no pasó ningún auto). La gente se veía bien: alimentada, reservada y serena. Sus condiciones de vida eran parecidas y vivían en un sistema de quehaceres comunitarios y por creencias provenientes de sus ancestros y el Apu.
La presencia de la naturaleza y la presión de la altura me hicieron sentir vulnerable, pequeña, mareada, lenta y muy pesada. Así, cada vez que me sentía desorientada, miraba las montañas que parecían recortadas y pegadas al cielo azul.
El mayor atractivo en mi primera visita fue los rostros de asombro de algunos niños que había visto al pasar y su enorme curiosidad por lo desconocido. Aunque peruana, era evidentemente el ser extraño de esta historia.
Nuestra primera gran constatación práctica fue descubrir que hablábamos lenguas distintas ellos el quechua y en algunos casos un español elemental y yo el castellano. ¿Cómo empezar un taller de teatro occidental dónde el lenguaje es el elemento principal para expresarse? La lengua germina en el vientre materno y de ahí la importancia de que cada individuo tenga el derecho a manifestarse en su propio idioma pues en él se plasma el espíritu y la energía cultural del pueblo al que pertenece.
¡Parecía absurda la sola idea de dar un taller de teatro!
La primera alternativa que cruzó mi mente fue regresar al origen del teatro en donde el ritual y la percepción invadirían el cuerpo para mutarlo en sensaciones. Es decir, concentrar la experiencia en el lenguaje sin palabras. Volver a las raíces de la memoria en donde el conocimiento estaría contenido en gestos y sonidos. Sin embargo el reto era demasiado grande, pues el teatro en Occidente consiste precisamente en la incapacidad de nuestra cultura de vivir experiencias rituales. 
Así, tal vez, era más adecuado llevar a los niños por el camino del juego y del placer.

HISTORIA
Decidí entonces reorganizar mi material y realizar un laboratorio donde el lenguaje del arte sería el gran protagonista. Mis cómplices: la música, la pintura y la poesía. Por medio de temas como el rostro, el cuerpo, la naturaleza, los colores, los animales y el movimiento llegamos naturalmente a que los niños tuvieran el deseo de mostrarme quiénes eran y a dónde pertenecían. En este momento ya estábamos negociando un intercambio en donde yo sentía que era la única beneficiada.
El comportamiento de los niños y niñas fue extraordinario: un acto de entrega que nacía de la voluntad y la confianza. Se sintieron muy cómodos en su espacio, escuchados sin tener que someterse a reglas desconocidas e impuestas. Así fue como para mi sorpresa empezaron a contarme sus historias y mitos en quechua como si yo pudiera entenderlos. Para mi asombro, eso en algún momento sucedió: hablábamos cada uno en su lengua y podíamos entendernos porque había un lenguaje común en el uso del cuerpo, los gestos, el movimiento. Todo ello permitió un entendimiento multiplicado por el contenido de los silencios.
Joseph Campbell en su libro The Hero with a thousand faces dice que: “el mito es el secreto abierto a través del cual las energías del cosmos se vierten en manifestaciones culturales”. Asumiendo que no existe lugar para las coincidencias pues nos rige un inconsciente colectivo, los 
mitos que conocemos como parte de nuestra herencia occidental eran también y para mi sorpresa,  parte de la tradición oral en la sierra peruana. El mito de Achicay -entre muchos otros- no sólo me daba pautas de su realidad andina sino también de la mía, pues ese mito era conocido por mi desde que era una niña como el cuento de Hansel y Gretel (recogido en el medioevo europeo y posteriormente por los hermanos Grimm).
El taller de Huántar fue un espacio para la libertad y para confirmar que al final los seres humanos, pese a nuestras diferencias, no somos tan distintos como creemos y que siempre existe un espacio para que se produzca el encuentro. Al finalizar el taller no encontré a ningún niño que yo considerara tuviera algún problema para expresar sus ideas o emociones. Tal vez, nos hemos demorado mucho y aún no sabemos entender que la discreción y melancolía de estos niños son parte de su cultura y de su historia.
Regresé a Lima con la firme convicción que para que un niño perteneciente a una comunidad quechuaparlante se desarrolle con una autoestima sana en un sistema “universal” que no lo excluya de la curricula escolar oficial, el Ministerio de Educación debería promover más actividades lúdicas en las cuales los niños, paralelamente a sus cursos obligatorios, complementen su universo con un lenguaje libre que reside esencialmente en el arte y la naturaleza. Si solamente pudiéramos ofrecer  en la escuela a los niños de nuestras ciudades cursos de quechua y/o de otras lenguas locales, nuestra visión del país y nuestra capacidad de comunicarnos entre nosotros como iguales 
potenciarían el desarrollo del Perú en todas sus manifestaciones.

Patricia Pereyra 
Estudió historia del arte en el Instituto de Cultura Superior en México D.F., cine en la Universidad de New York y teatro en el Webber Douglas Academy of Dramatic Art en Londres. Ha trabajado como actriz de teatro, cine y televisión en Lima, México DF, Londres y Nueva York. Ha dirigido el documental de “Javier Pérez de Cuellar, el Imperturbable” y para teatro la obra de “Kafka y la muñeca viajera”. Actualmente se encarga de la gestión cultural de la Biblioteca Nacional que ha iniciado sus actividades con un programa gratuito denominado “Historia del arte peruano”. 
Ministerio de Educación.
Puedes ver el video documental sobre Los niños de Huántar en: 



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