EDUCACIÓN SEXUAL O INSTRUCCIÓN SEXUAL

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Educar es instruir, formar, guiar, sacar lo mejor que hay dentro de una persona; irla puliendo y limando para hacerla más dueña de sí misma. Es provechoso repasar las etimologías. Esta palabra procede de dos derivaciones latinas: e-ducare, que significa ir conduciendo de un sitio a otro; y e-ducere, que quiere decir extraer, sacar hacia fuera lo que hay dentro. Una y otra apuntan en la misma dirección. Educar es aquella operación que se lleva a cabo con alguien y que tiende a la realización más completa de la persona. Esto se produce mediante un progreso gradual y ascendente. Toda educación del tipo que sea necesita tiempo. O dicho de otro modo; es necesario que vaya asimilando paulatinamente todo lo que de palabra y obra ha ido llegando hasta él. Acumulación de contenidos intelectuales, afectivos y técnicos que se aprietan en una síntesis que debe ser realizada por el educador.

Educar es proporcionar un número de conocimientos teóricos que vayan poco a poco mejorando a la persona.

Como parte de la educación, o como grado dentro del camino ascendente que es ésta se encuentra la instrucción. Se puede instruir sobre diversas cosas, sobre cómo hacer una mesa, hasta como mantener una relación sexual, pero tal enseñanza no está implicando a la persona dado que no está impregnada de un contenido moral que la haga adecuada a la persona que un día, o tal vez no, tenga una relación sexual.

La educación sexual no es una mera instrucción de CÓMO HACER sino que debe ser una enseñanza de CÓMO AMAR. La sexualidad es parte de un todo, de un todo del amor, por tanto educar a la sexualidad es educar al amor, al respeto, a la fidelidad, a la entrega y no a una instrucción de  anatomía, de ginecología o de sexo.

Es preciso respetar las edades, pues cada psicología es distinta; tampoco es preciso caer en un jansenismo puritanista de la era victoriana pero tampoco en un pansexualismo, donde todo gira al rededor del sexo y se habla de él como quien habla de fútbol. El sexo tiene su vertiente de intimidad, de personalismo que debe ser respetada. Quienes realizan el acto sexual son dos personas, y no dos animalitos que se juntan movidos únicamente por el instinto, de ahí la vertiente racional que se debe insuflar al acto, debe primar la razón sobre el instinto.

Por tanto, una buena educación de la sexualidad se dirige a conocer y disponer adecuadamente de la propia vida sexual, siendo capaz de pilotarla hacia el mejor desarrollo personal. Su meta es la integración de estas tendencias en una personalidad cada vez más madura, de modo que todos los impulsos sexuales se encaucen de forma ordenada y enriquecedora.

Educar en y para la libertad siempre es un riesgo. Pero es una tarea noble, que contribuye a introducirle a uno en la realidad y que pretende en último término, desarrollar todas las estructuras de un individuo buscando su realización integral. Dominar y ser señor de la propia sexualidad, gobernándola con amor, para entregarla a otra persona, a través de una donación comprometida. Cuando no ocurre así, los impulsos sexuales van ganando terreno según su capricho, llegando a tiranizar la conducta, marcándole una línea obsesiva y machacona, que no libera al hombre, sino que lo rebaja. De ahí que amor y sexualidad formen conjunto recíproco: no se puede dar el uno sin el otro en la relación hombre-mujer.

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